
El corrosivo y activísimo bloguero americano Philip Dawdy, llama la atención en su Furious Seasons sobre una noticia aparecida en un diario electrónico de Hutchinson (Kansas). La noticia nos relata una bonita historia con final feliz, sobre un juicio a un señor presidiario acusado por caneamientos varios, cachetes, jumos y algún que otro meco a funcionarios de prisión e internos. Parece que el angelito tenía un currículum envidiable como técnico especialista en gestión de lo ajeno, con el agravante de mala leche y sitemuevestemeto. Un insensible jurado no tuvo en cuenta los méritos de este profesional de lo suyo, y el esfuerzo invertido en hacerse un nombre en la profesión y declaró inocente a este señor de los cargos. La defensa no se basó en la negación de los hechos ni en la falta de pruebas, se basó en el hecho de que el pobre hombre estaba a tratamiento con Prozac (vaya por Dios) y aunque antes ya había cometido actos similares, ahora tenía una buena disculpa... no era yo, el Prozac actuaba por mí (cual posesión diabólica). El caso es que al jurado le coló. Y es aquí donde la perversión en la atribución de causas y efectos, a mí me tiene descolocado.
Por una parte podemos plantearnos que el comportamiento violento del fulano se debía a la acción de la substancia química en cuestión, en este sentido me confieso algo escéptico, aunque Alisson Bass nos cuenta aquí algunas cosas sobre la posible relación entre los antidepresivos y comportamiento violento, aportando ejemplos varios, de señores de bien, de traje y corbata que convierten su domicilio familiar en una casquería (me suena algo sensacionalista, pero es para ponerse alerta). En caso de aceptar esta premisa, no sería mala idea evitar recetárselo a residentes que pasan sus días en el caldero por muy depres que se encuentren, por aquello de que a veces en las cárceles hay gente con algo de genio.
El segundo planteamiento es el que más me preocupa, y es que; el hecho de tomar un antidepresivo se constituya en una prueba de la existencia de enfermedad mental. En numerosas ocasiones podemos ver en la prensa tras el relato de alguna barbaridad aquello de -fuentes cercanas a la familia (una tía cotilla) afirman que el presunto asesino (presunto, a persar de todo) estaba a tratamiento psiquiátrico. Siendo esta la confirmación sin lugar a dudas de que al señor le flojeaba alguna tuerca. Este giro lingüístico es el que a mí me mete miedo, en el que el tratamiento es el que confima la enfermedad, no indica una dirección a la salud sino el propio estatus de enfermo. Será por tanto, un enfermo psiquiátrico aquella persona que siga un tratamiento psiquiátrico, siendo finalmente el tratamieto el principio dormitivo que explica el propio concepto de enfermedad mental... como aquél que explicó el galeno de la obra de Molière como causa y razón de que el opio haga dormir a las personas (que éste posee un principio dormitivo).
Advertencia: esta entrada puede provocar somnolencia, esos efectos no se deben (de ninguna manera) a que sea un coñazo infumable, si no a que provablemente posea algún principio dormitivo.
Pos eso, no le den mas vueltas; es que me aburría.
