
El programa tiene un formato al que estamos bastante habituados: bienvenidos a la casa, que si la convivencia, que si pruebas estúpidas, que si vivir con los animalitos, etc… con la particularidad que de los 10 participantes, cinco de ellos son “normales” (así lo cuentan los de la BBC en su web) y los cinco restantes tienen un diagnóstico de enfermedad mental (podemos disfrutar alegremente de diagnósticos de Trastorno Bipolar, Depresión Mayor, Anorexia, Trastorno Obsesivo Compulsivo y Fobia Social). La gracia del programa consiste en averiguar qué participantes son los que están diagnosticados de alguna psicopatología. Con la dificultad añadida de que (y es una percepción personal) las personas que se presentan a estos “experimentos televisivos” tiene un puntito de “especiales”.
La conclusión: que a los locos no se les puede encontrar fácilmente porque llevan un gorro hecho con papel de periódico o tocan la trompeta con un embudo, si no que se comportan de un modo acorde con la situación (en esta situación en concreto, raro). De hecho un panel de expertos en identificar locos, compuesto por un psiquiatra, una psicóloga y una enfermera psiquiátrica sólo fueron capaces de identificar a dos de los “enfermos”, con el agravante de que metieron en el mismo saco a dos de los participantes supuestamente sanos, vamos, los mismos aciertos que si eligieran utilizando el infalible método del pito pito gorgorito.
Sin embargo para la psiquiatra Sally Satel, que escribe la columna del NYT, el programa tiene truco, los expertos no fueron capaces de identificar a los enfermos porque estos tenían la enfermedad controlada (nadie se baba, ni dice que es Napoleón ni se balancea en una esquina cantando cualquier mantra). Y concluye, que la mejor campaña para reducir el estigma es… que los tratamientos funcionen.
Difícil estar totalmente en desacuerdo, pero ¿y si el éxito de un tratamiento estuviera condicionado a su integración social? (como sabemos que ocurre en la esquizofrenia). Lo dejo aquí… por no meterme en huevos y gallinas.

