Se armó la gorda, parece que Marino Pérez y Héctor González Pardo con su libro “La invención de los trastornos mentales” han metido el dedo en la llaga… y le echaron sal.
Básicamente denuncian que la invención y propagación de “enfermedades mentales” tiene bastante que ver con los intereses de la industria farmacéutica. La polémica está servida, un gustazo para los que nos gustan los platos calentitos.
Este libro supone una crítica a la patologización de problemas de la vida, y su consecuente sobremedicación. No niegan la existencia del trastorno mental, lo que niegan es que se trate de una enfermedad como las demás. Lo que conocemos como enfermedad mental, no son tales sino síndromes, es decir conjuntos de síntomas sin una entidad propia, esta entidad finalmente se asigna por consenso. Es decir se reúnen un montón de sesudos especialistas y deciden que si un señor tiene el ánimo deprimido, no se concentra, no come, está cansado y duerme mal, padece una depresión mayor. Si están de acuerdo tenemos una nueva enfermedad. Lo curioso del proceso es que las enfermedades también se “desinventan”; cuenta O´Hanlon como la APA curó de un plumazo a millones de homosexuales cuando decidió que ya no padecían trastornos de la identidad sexual.
Como siempre a este país hasta las polémicas llegan tarde, esta cuestión se lleva planteando años en el resto del mundo con publicaciones que también han hecho pupa. En los USA, recientemente Robert Whitaker denunció en “Mad in America” la sobremedicación a la que se somete en su país a las personas con diagnóstico de esquizofrenia analizando entre otros, un estudio realizado por la OMS en 1992 que concluye que “vivir en un país desarrollado es un fuerte predictor de que una persona diagnosticada de esquizofrenia nunca se vaya a recuperar”. En Europa Philippe Pignarre también puso la carne en el asador con “El gran secreto de la industria farmacéutica”, donde desde la experiencia que le ha dado trabajar durante 17 años como directivo en esta industria, se permite descubrir sus secretos más inconfesables. También menciona la invención de nuevas enfermedades como una de las estrategias utilizadas por la industria para superar la crisis en la que se encuentra. Evidentemente el campo de la salud en la que se hace más factible “inventar” enfermedades es el de la salud mental. Pero Pignarre va más allá, denuncia que hay otros ámbitos en los que una industria con amplio poder puede “meter la mano”; incrementar o disminuir en 10 mm/dl la concentración de colesterol recomendada para iniciar un tratamiento farmacológico, quizá no tenga gran repercusión sobre la salud de los enfermos, pero la repercusión para la industria farmacéutica se mide en millones de dólares.
Y como a nadie le gusta que le metan el dedo en el ojo, pues el Doctor Marcos Huerta, en representación de la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, va … y se enfada. Dice: “hablar de la invención de las enfermedades mentales en un país donde hay más de 400.000 personas que sufren esquizofrenia no sólo es frívolo, es inmoral” (creo que apelar a las emociones para ganarse el apoyo popular es la definición de demagogia, la RAE lo limita a una práctica política, por que si no fuera así, yo diría que esto es demagogia). Los autores no niegan la realidad que sufren las personas diagnosticadas de esquizofrenia, pero sí niegan que se trate de una “enfermedad más cualquiera” con una entidad concreta como pueda ser la diabetes o el Alzheimer.
El señor Huerta continúa con un argumento incontestable, y es que ¡cuidado! El libro coincide en sus argumentos con la iglesia de la Cienciología (argumento sólido e inapelable donde los haya). Y luego lo convierte en una cuestión de bandos, nosotros contra vosotros y habla de la “psicologización absurda de lo cotidiano, de suerte que, por ejemplo en la desgracia, en vez de sufrir el dolor íntimo de la pérdida, podemos vernos asaltados por un comando de psicólogos para curarnos de la pena y apoyarnos en la zozobra”, la verdad es que yo tampoco entiendo mucho cual es exactamente el papel de los compañeros en las catástrofes, pero lo cierto es que lo que él llama “sufrir el dolor íntimo de la pérdida” en muchas ocasiones se hace “colocado de trankimachiño“ …que siempre hay una mano amiga que lo lleva en el bolsillo.
Por otra parte denuncia una “presión social formidable para que se den carta de naturaleza a patologías de más que dudoso rigor” como “el mobbing, el síndrome de alienación parental, o las nuevas adicciones” se ve que (devolviendo la demagogia), su jefe no le putea lo suficiente como para volverlo loco, su mujer no pone a sus hijos en su contra ni se pasa ocho horas diarias visitando páginas cochinas, como miles de personas en España que sufren realmente por estas situaciones. La presión social sobre estos problemas tiene que ver con que es necesario un reconocimiento en cuanto a realidad social, no para que sean reconocidas como enfermedades (seguro que el hecho de que aparecieran en el DSM-V ayudaría a estos colectivos delante de un juez), pero creo que está claro que tanto el mobbing como el síndrome de alienación parental, tienen mejor solución en los juzgados que en una consulta de salud mental.
De cualquier manera, entiendo que este es un debate que ya se hacía necesario, y estos dos psicólogos de la Universidad de Oviedo han tenido el valor de iniciar la contienda, es seguro que les van a dar hasta en el carné de identidad, supongo que estarán preparados.